Estamos a pocas horas de que se cumpla un año desde el devastador incendio que arrasó con sectores de Viña del Mar, Quilpue y Villa Alemana. Un año de dolor, reconstrucción incompleta y, sobre todo, de una ausencia que resuena más fuerte que el fuego mismo: la falta de autocrítica de la alcaldesa Macarena Ripamonti y su administración.
Mucho se ha dicho desde aquel trágico 2 de febrero de 2024. Hubo comisiones investigadoras, actas, documentos oficiales, y una inagotable cadena de declaraciones en medios. Sin embargo, lo que nunca se ha escuchado es una simple frase que denote responsabilidad: “Nos equivocamos.”
Viña del Mar no es cualquier comuna. Es un símbolo del turismo chileno, una ciudad con recursos, infraestructura y, se supone, con la capacidad de responder ante emergencias de esta magnitud. ¿Por qué, entonces, falló de forma tan estrepitosa?
No es la primera vez que la administración de Ripamonti se enfrenta a un desastre de este tipo. Ya en 2022, otro incendio dejó a familias en la incertidumbre, y las promesas de reconstrucción siguen flotando en el aire, tan vacías como las casas que nunca se volvieron a levantar. ¿Aprendió algo la municipalidad de esa experiencia? Claramente no.
Los hechos hablan por sí solos:
- Solo tres camiones municipales respondieron al incendio en su momento más crítico, pese a contar con una flota de 20 vehículos.
- El plan de emergencia estaba desactualizado, un error imperdonable en una zona históricamente vulnerable a incendios forestales.
- Las dudas sobre la construcción de cortafuegos persisten. Se solicitaron documentos oficiales que demostraran su existencia y ejecución, pero la respuesta fueron imágenes borrosas y datos inconclusos.
¿Y cuál ha sido la actitud de la alcaldesa? Sonriente, carismática, hábil frente a las cámaras, pero esquiva cuando se trata de asumir errores. Se ha dedicado a desviar la responsabilidad hacia el gobierno central, la CONAF y cualquier institución que le permita eludir la rendición de cuentas. Incluso utilizó el Festival de Viña del Mar, una vitrina internacional, para hablar de una “ley de incendios” como si con eso pudiera apagar el fuego de la crítica.
Pero los incendios no solo dejan cenizas físicas. También dejan preguntas que arden:
- ¿Qué ha pasado con las familias que aún viven sin techo?
- ¿Por qué el municipio no ha sido capaz de actuar como un verdadero puente entre los afectados y el gobierno?
- ¿Por qué, tras dos incendios en menos de tres años, no hay un plan de prevención robusto y efectivo?
La autocrítica no es un acto de debilidad; es un signo de madurez política. Reconocer errores no derriba una gestión, pero la soberbia y la negación sí lo hacen. A 365 días de la tragedia, lo que más duele no es solo lo que se quemó en Viña del Mar, sino lo que nunca se ha dicho: “fallamos.”
Y parece que tendremos que esperar otros 365 días… o tal vez más.
