Con toda la información que ha salido a la luz y los movimientos tácticos que se observan en el tablero municipal, ya no es una sospecha, sino una certeza política: el señor Rojo es el reemplazo orgánico y funcional de María Angélica Maldonado. Aquella figura que el Frente Amplio crucificó mediáticamente hace una década por encarnar el «lado oscuro» de la gestión Reginato, hoy tiene un espejo perfecto, aunque con un filtro de Instagram más moderno. Viña ha caído en el fenómeno del «Rojonado».
Dicen que en política no hay nada más peligroso que el vacío de poder, porque siempre termina llenándolo alguien que no aparece en la papeleta. Durante años, el fantasma que recorría los pasillos de la Ciudad Jardín tenía nombre de mujer: María Angélica Maldonado, la «Manam». En los tiempos de Virginia Reginato, el secreto a voces era que la alcaldesa era poco más que un frontis amable, un espejo de cercanía popular, mientras que la verdadera batuta, la estrategia y el «corte de bacalao» pasaban por la oficina de la jefa de gabinete.
Se criticó hasta el cansancio. La oposición de entonces —hoy oficialismo— rasgaba vestiduras ante esa «alcaldía en las sombras», denunciando la falta de democracia y el manejo caudillista. Pero, como bien dice el refrán, otra cosa es con guitarra, y parece que la administración de Macarena Ripamonti ha terminado por adoptar el mismo guion, aunque con distintos actores y una estética de «Boy Scout».
El Factor Rojo: ¿El nuevo alcalde?
Hoy, el nombre que susurra en los rincones del municipio no es el de una figura técnica con méritos curriculares de gestión pública, sino el de Patricio Rojo. El periodista, mano derecha y hombre de absoluta confianza de Ripamonti, se ha convertido en el eje sobre el cual giran las negociaciones más delicadas. Fuentes internas no dudan en calificar su poder como «omnímodo»: donde Rojo pone el ojo, se pone la firma (o se tacha el nombre).
Lo curioso —y profundamente cínico— es la metamorfosis del discurso. Mientras la «vanguardia» del Frente Amplio prometía transparencia radical y una «nueva forma de hacer política» lejos de las cocinas, en la práctica vemos a un Rojo que cruza la calle —literal y metafóricamente— para transar con la derecha. Se mueven piezas en la penumbra, se ejecutan trucos de magia política y se tejen redes de influencias que harían sonrojar a los antiguos operadores de la Concertación o la Alianza. Rojo no es solo un asesor; es el guardián de la llave del castillo.
La izquierda y la derecha unidas…
Resulta irónico recordar a Nicanor Parra en estos pasillos: «La izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas». Rojo parece ser el arquitecto de ese puente de conveniencia. Su capacidad para sentarse con «el enemigo», para desactivar críticas mediante el canje de favores y para blindar la administración de Ripamonti ante cualquier embate opositor, es lo que hoy mantiene a flote la gestión. Es el alquimista que convierte el plomo de la ineficiencia en el oro de la estabilidad política mediante pactos de pasillo.
¿Es Patricio Rojo el «Manam» de esta era? La figura se repite con una fidelidad asombrosa: una alcaldesa comunicacionalmente potente, experta en el manejo de cámaras y redes, pero un estratega en las sombras que maneja los hilos del presupuesto, las voluntades y, sobre todo, los acuerdos políticos que jamás saldrán en una foto de Instagram. La historia no se repite, pero rima, y en Viña, la rima es idéntica.
El costo del blindaje y la traición al relato
La pregunta que queda en el aire, y que la ciudadanía debería hacerse, es: ¿A qué costo se está manteniendo este orden cosmético? Si para evitar las críticas a la administración de Ripamonti hay que recurrir a la vieja política de los «acuerdos de pasillo» y al hiper-poder de un solo asesor que actúa como filtro y verdugo, entonces la «revolución» viñamarina no fue más que un cambio de estética, una operación de marketing político.
Cambiamos el peinado de la «Tía Coty» por el estilo hípster y juvenil; cambiamos el color de los pendones y el lenguaje inclusivo, pero el poder real, ese que no se ve pero que decide el destino de Viña del Mar, sigue estando en las mismas manos: las de aquellos que, sin haber sido elegidos por nadie, terminan mandando más que la propia alcaldesa. Patricio Rojo ha demostrado que para mandar en la Ciudad Jardín no se necesitan votos, sino ser el dueño de los secretos que guardan las paredes del municipio. Bienvenidos a la era del Rojonado.
