viernes, abril 4, 2025
COLUMNA DE OPINION

EL PESO DE UNA ACUSACIÓN FALSA

El movimiento feminista ha logrado avances significativos en la lucha contra la violencia de género y el reconocimiento de los derechos de las mujeres. Sin embargo, como en toda causa justa, existen casos donde el mal uso de sus principios puede generar consecuencias devastadoras. Acusar a alguien de acoso o abuso sexual sin pruebas o con el solo propósito de dañar su reputación es una acción que tiene un impacto moral, ético y social profundo.

 

El reciente discurso de Gonzalo Valenzuela al recibir un premio en los Premios Caleuche trajo a la memoria lo sucedido con él y su compañero Roberto Farías hace unos años. Fueron «funados por su propia gente», según sus palabras, y una obra de teatro que tenían prevista nunca se estrenó. Si bien no mencionó directamente de qué se les acusaba, el contexto hace evidente que se trataba de denuncias de acoso que afectaron su carrera y su vida personal.

 

Esto nos lleva a una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando una acusación de acoso es falsa? El daño no solo es inmediato, sino que puede ser irreversible. En una sociedad donde la cultura de la cancelación se ha vuelto un arma poderosa, una simple acusación puede destruir la carrera de un artista, la vida laboral de un profesor o la imagen pública de cualquier persona. Se trata de una condena social sin juicio previo, donde el acusado es culpable hasta que se demuestre lo contrario.

 

Es importante reconocer que los movimientos feministas no buscan destruir vidas, sino protegerlas. Pero cuando algunas personas utilizan estas banderas para resolver rencores personales, obtener beneficios o simplemente llamar la atención, se desvirtúa la causa y se pierde credibilidad. Además, se genera un efecto contrario: las verdaderas víctimas de acoso y abuso pueden encontrar mayores dificultades para ser escuchadas, ya que la duda comienza a instalarse en la sociedad.

 

No se trata de restarle importancia a las denuncias de acoso y abuso, sino de exigir responsabilidad y verdad en cada acusación. Las víctimas de violencia deben ser protegidas y apoyadas, pero también es necesario garantizar que los acusados tengan la posibilidad de defenderse antes de ser condenados públicamente.

 

Un pañuelo verde o morado no debe ser sinónimo de venganza ni de justicia arbitraria. Es un símbolo de lucha por la igualdad y el respeto. Y para que esa lucha siga siendo legítima, debe basarse en la verdad, no en el rencor ni en la mentira.

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